Lupinus o altramuces

Fotografía de Nacho Rovira en Alas y Viento

Este post va dedicado a mi amiga Amelia de Nueva Zelanda (Directora de https://www.newzealand2ways.com ). Se emocionó al ver el post de Nacho Rovira en la Isla Sur, Te Wai Pounamu que quedaba ilustrado con un bellísimo lupinus. No me extraña, el paisaje es para soñar. (https://alasyviento.es/category/viajes/oceania/nueva-zelanda/ )

Parece que cuando explican esa zona desde su agencia de viajes, relatan cómo llegaron los lupinos ahí, pero no lo aclaró en el post de mi Facebook; así que me quedé con las ganas de viajar a Nueva Zelanda y conocer la historia del “viajero lupinus” en esa bellísima tierra. En fin, estimada Amelia, ya me la contarás cuando me decida a hacer el viaje. De momento, me queda algo lejos…

Lupinus. La verdad es que el nombre es divertido. Suena a lobito….claro, los romanos llamaban esta planta, “Hierba lupina”, es decir, hierba de lobos…

Hay más de mil especies! Los jardineros aman profundamente sus colores tan variados y esas varas hermosas hacia el cielo, pero en realidad si se cultivan desde antiguo es por su valor alimenticio. Tienen una gran riqueza en proteínas vegetales, y puede ser un buen complemento para dietas veganas o vegetarianas. Pero no todos los lupinos son comestibles y diferentes culturas a lo largo de la historia los han seleccionado por especies precisas:

  1. Los egipcios, griegos y romanos: los Lupinus albus y Lupinus luteus
  2. Los aztecas e incas: los Lupinus mutabilis

Normalmente para poderlos comer se dejan en salmuera. Dicen que contribuyen a equilibrar el azúcar en la sangre y aportan hierro y fibra. Recomendado para personas hipertensas. En fin, que todo son ventajas y maravillas con los altramuces. Habrá que tener buen provisión de ellos!

Asimismo, al ser una fabácea contribuye cuando la plantamos a enriquecer el suelo. A menudo, tras diversas plantaciones, las tierras tienden a empobrecerse, pero esta maravillosa planta ayuda y colabora a enriquecerla de nuevo.

Este mensaje me fue trasladado por mi amiga de Berlín junto con un sobre de semillas de tan preciada flor y fruto. Ella es fan de los lupinos y los cultiva en su jardín.

Y nada, con la decisión que me caracteriza en cuanto a plantas se trata, las puse en pequeños semilleros y milagro! Salieron unos hermosísimos cotiledones, preludio de mis lupinos. Y crecían y crecían. El interludio fue feliz. Cada día los miraba con un arrobo maternal de lo más tierno. Así que los brotes ya tomaron un aire adolescente, pensé que ya era hora que adquirieran una cierta independencia y los planté en la tierra. Busqué una esquina en sol y sombra estratégica, me aseguré un riego adecuado y a su lado había unas hermosas lavandas que podían ser la perfecta pareja para un final feliz. Pero la coda musical, no fue de tonalidad mayor, sino más bien menor, de tono triste y lúgubre.

Algo pasó a finales de verano, quizás un sol excesivo o algún animalito osado, pero mis lupinus pasaron de mostrar una altura y esbeltez considerable, a decaer por los suelos definitivamente. Asistí con tristeza a su adiós. Las lavandas a su lado aún recuerdan su imagen, pero lo cierto es que ellas viven tan ricamente en este clima mediterráneo muy adecuado para su supervivencia.

No siempre la jardinería tiene sus buenos resultados, y hay que admitir con humildad que lo mejor es no hacer viajar demasiado a las pobres plantas que suficiente tienen con vivir en este planeta que nos estamos cargando sin piedad.

Y entre flores viajeras esta vez finalizo con una poesía japonesa de Kaneko Misuzu en El alma de las flores Ed. Satori.(2019)

LA CANCIÓN DE LAS HOJAS DE TRÉBOLES

¿Hacia dónde van las flores

cuando las recogen?

Aquí, el cielo es azul

y las alondras están cantando.

Me pregunto, también,

dónde va el viento

que lleva a esas viajeras felices.

Manos pequeñas y dulces

buscan los tallos de las flores,

alguna de ellas ¿me llevará?